La Goyesca

Este fin de semana he ido a la feria de mi pueblo La Goyesca en Ronda.
Aunque Ronda, con sus más de 36.500 habitantes tiene más que ganado el título de ciudad por méritos propios, y aunque conocida y nombrada por el poeta Rilke como “Ciudad Soñada” a mi me gusta decir: mi pueblo, mucho más entrañable y cercano, acogedora y hogareña, el lugar que me vió crecer y que ahora vivo en la distancia.
Fíjate si somos especiales en Ronda, que nuestras fiestas más importantes del año, no están ligadas a la religión, como es habitual en otras localidades donde las fiestas mayores son en honor al patrón, a un santo o a la virgen, pero aquí no, somos unos “chulos” y celebramos las fiestas en honor a Pedro Romero, el primer torero, que bajo del caballo para enfrentarse al toro a pie, tal cual conocemos hoy en día la “fiesta nacional”.
Hacía ya unos años que no podía disfrutar de estas fiestas, y este año, sí quería recordarla. Aunque todas las fiestas giran en torno al mundo del toro, y se celebra el viernes una corrida de novilleros, el sábado, día grande, la famosa corrida goyesca y el domingo como colofón, a parte de la tradicional exhibición de enganches en sesión matutina, por la tarde, se cierra la feria con la corrida de rejones.
Hay música, comida y sobre todo bebida, en dos emplazamientos y en horarios para todos los gustos. Tradicionalmente desde a medio día hasta que cae el sol, el centro de la ciudad se convierte en una enorme caseta, al aire libre, donde beber y bailar es lo más normal. Una vez caída la noche, todo el mundo se traslada al “Real de la feria”, está a las afueras y en el recinto se encuentra los “cacharritos” (atracciones) las casetas y los puestos de comida (tradicionales churros y gofres).  Cada caseta es un mundo, están las mas familiares y las que más se parecen a una discoteca, pues todas están abiertas hasta que casi sale el sol.

Estas fiestas siempre son especiales, y más si vives fuera, el reencuentro con los amigos y muchos que no sabes desde cuando no tienes noticias de ellos, y los ves y hablas como si el tiempo no hubiera pasado es más que entrañable, y emocionante. Estas fiestas, se viven y sobre todo se disfrutan.
Pero también recordé sentimientos con estupor, sigo sin entender la devoción que hay en esta ciudad al mundo del toro, y a los toreros, no estoy a favor del sufrimiento del animal y creo que esta fiesta aunque llena de tradición tiene que buscar la manera de modernizarse para no morir.
Es tradición congregarse cerca de las 5 de la tarde del sábado en los alrededores de la plaza de toros, para ver entrar a las personalidades y ver el “desfile” de los toreros y de las damas goyescas enfundados en sus trajes inspirados en los del siglo XVIII y en caruajes tirados por caballos de la misma época. Aunque es un hecho que dura unos instantes, es curioso, especial, y ese fervor, contagioso, irracional a todas luces, pero allí estaba yo como un borrego más disfrutando con asombro del momento.

 

Pero como si no tuviera poco, también hay que congregarse sobre las siete y media de la tarde en la mismísima puerta de la real maestranza para ver la salida de los toreros triunfadores de esa tarde por la puerta grande. Si antes el fervor era sorprendente, ahora llega a ser aterrador, tanta gente, allí esperando a ver salir a toreros, no se puede describir, y cuando lo recuerdas en frío, esa iracionalidad asusta. Y a pesar de ello, seguro que vuelvo…

 

 

No hay fiestas sin himno, pues aquí os lo dejo

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